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Visitantes| Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México |
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| jueves, 11 de junio de 2009 | |
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11 de junio de 2009
Una de las fiestas más luminosas y más profundas de nuestra religión, es la fiesta que hemos celebrado, la fiesta del CORPUS CHRISTI, fiesta de luz, porque Cristo, Luz del mundo, vino a nosotros, se entregó por nosotros y se quedó con nosotros para acompañarnos en el camino de nuestra vida, durante esta peregrinación que realizamos en esta tierra. Vino a quedarse, y por amor y su decisión se encerró en un pedazo de Pan y en un sorbo de Vino, para fortalecer nuestros pasos y para ser compañero de camino.
Sin comida no se puede caminar, sin alimento no se puede crecer en el amor al Evangelio. Estamos de manteles largos siempre que queramos, el bamquete está servido y el hombre prefiere morirse de hambre, despreciando el don de Dios. Por eso la humanidad sufre desnutrición aguda, la pérdida de los valores espirituales y morales. ¡Pobre hombre! Tapa los oídos de su alma, y asediado por las injusticias sociales, familiares, educacionales, se destruye a sí mismo y destruye despiadadamente a los demás. Y Cristo tiene el remedio para tanta tragedia; "coman mi cuerpo, beban mi sangre, para que tengan vida".
Por eso la Solemnidad del Corpus debe ser una fiesta del optimismo y de la esperanza, del perdón y del amor. El Señor ha salido a nuestras calles a bendecir y a estar con su pueblo, con esta su ciudad ofendida por la inseguridad y la violencia, por la pobreza material y espiritual, por leyes que violan el derecho más fundamental de todos los derechos humanos, el derecho a la vida, e ignoran la naturaleza misma del matrimonio fundamento de la célula básica de la sociedad que es la familia. Pero nosotros le hemos cantado cánticos de alegría, hemos adorado su presencia hecha Eucaristía, y Él nos ha bendecido, acariciado a los niños y seguirá bendiciendo a los que trabajan arduamente para mantener a sus familias, se apiada de esa fría indiferencia de muchos y a los curiosos que marchan a sus negocios sin pensar en Dios, les envía una señal de su amor misericordioso.
¿Cuál es el significado específico de la solemnidad que hoy hemos celebrado? Los tres momentos que hemos vivido nos lo descubren: ante todo, nos hemos reunido alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; celebrando la Eucaristía, luego hemos hecho la procesión, es decir, hemos caminado con el Señor; y, por último nos hemos arrodillado ante el Señor, la adoración , que comienza ya en la Misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postremos ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros. Reflexionemos brevemente sobre estos tres hechos.
Así pues, el primer acto ha sido habernos reunido en la presencia del Señor. Esto nos ha permitido hacernos una idea de los orígenes de la celebración eucarística, en cada Iglesia particular había un solo obispo y en torno a él, en torno a la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues era uno solo el Cáliz bendecido y era uno solo el Pan Partido. La Eucaristía hace, forma y edifica la Iglesia
La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. Nosotros, esta mañana, no hemos elegido con quién queríamos reunirnos; hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, unidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo.
El segundo aspecto constitutivo de la fiesta ha sido caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la precesión, como prolongación natural de la Eucaristía que hemos celebrado, hemos caminado tras Aquél que es el camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras “parálisis, nos levanta y nos hace “pro-cedere”, es decir, nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este pan de vida.
Esta Arquidiócesis de México decidió dar un nuevo impulso en su caminar después del segundo Sínodo. Podemos decir que fue una opción “corporativa” y que en estos quince años hemos trabajado fuerte para que ese caminar se convierta en opción “personal”, ya que se requiere que la opción de seguir a Cristo y de ser su misionero, sea una opción personal libre y generosa, porque implica convicción, compromiso y perseverancia en la formación permanente, seguir un plan y un programa de pastoral encarnada y testimonial y poner signos visibles de la comunión eclesial que vamos construyendo los que queremos ser discípulos y misioneros de Jesús.
La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto. Después nos hemos postrado en adoración ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que aquí, en este pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la existencia más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma. En Aparecida, el Papa Benedicto XVI hizo una pregunta fundamental a quien se plantea ser discípulo misionero: ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida? El itinerario del discípulo misionero tiene un carácter personal: se trata de que cada uno se encuentre con Jesús. Para el que quiera seguirlo no existe otra fuente alterna de conocimiento. Lo que determina el crecimiento y madurez personal del discípulo misionero es la configuración con Cristo, que se expresa en una vivencia de fraternidad al servicio de los hermanos. La urgencia de la evangelización no debe hacernos olvidar que el evangelizador, además de pensar en evangelizar, también debe ser evangelizado. Esto no radica en conocer los contenidos de la evangelización, ni en renovar las técnicas para comunicar el Evangelio, ni en la actualización y adaptación del mensaje a los destinatarios.
Se consigue evangelizar si se logra la renovación de la persona del evangelizador, es decir, si se convierte en testigo de Jesús, porque tiene la Buena Noticia en su corazón, la expresa con sus labios y la manifiesta en las obras de sus manos, en el quehacer misionero.
Si celebramos la Eucaristía, si nos ponemos en camino acompañados por Cristo, si somos verdaderos adoradores de Dios “en espíritu y en verdad, si hemos decidido ser discípulos y misioneros seamos consientes que somos los encargados de llevar amor a los demás. Así la caridad es el acto más sublime del amor de Dios "que ha sido derramado en nuestros corazones", no para nosotros sino para darlo. Cuando amamos a nuestros ídolos terrenos –dinero, placer y poder- hemos perdido de vista al mismo Dios, que es el Amor Substancial. Nuestro papel en esta vida es llenarla de estos dones que Dios nos ha entregado, para repartirlos y así todos crean que somos verdaderamente discípulos de Cristo. "Hagan esto en memoria mía". El Señor Jesús una vez por siempre celebró el único sacrificio redentor; los sacerdotes lo prolongamos diariamente en la redondez de la tierra; los fieles laicos deben santificar todas las estructuras de la vida: la política, la economía, el trabajo, la cultura, las artes. Si no lo hacen, no prolongan las gracias del único Sacrificio divino.
Nuestro deber, hermanos y hermanas, es anunciar festivamente la fraternidad y la solidaridad en nuestras comunidades, y para eso es preciso tener una sensibilidad verdaderamente cristiana, y una coherencia en nuestra propia vida; somos signos sacramentales del amor de Dios y por lo tanto nuestro ser y nuestro actuar tienen una misión sobrenatural, y una presencia humana para bien de esta sociedad moderna que vive en una oscura desesperanza y carece del verdadero amor.
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